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De próceres y pro-seres
No es que no queden próceres: los hay en otros estratos.
Los próceres (pro-seres) surgen en el ámbito que la urgencia social y política lo requieren.
¿Qué es un prócer? Por lo general, alguien que cambió una superestructura o que modificó considerablemente las leyes que las articulaban. Un tipo que le cambia la vida a mucha gente para bien en un modo indiscutible, o por lo menos que se la cambia a aquellos que pueden hacer oír su voz contando que algo cambió; dicho en liso: un tipo que se opone a una injusticia que antenta principalmente contra la libertad.
Y acá la libertad que hay hoy y a la que se defiende, es la libertad de mercado.
De hecho muchas de las libertades conquistadas no lo hubieran sido si no hubieran atentado o puesto en peligro la primera.
¿Qué es lo que nos hace pensar que hoy no hay próceres, a la vieja usanza?
La autosuficiencia de pensar que ya tenemos las libertades imprescindibles conquistadas: la libertad de expresión, la libertad de elección de representantes, libertad de transitar, irse, educarse…
Y por otro lado, la masividad de lo que se nos ofrece como informable; esto hace que haya héroes o próceres atomizados, a medida, relevantes para lo inmediato y no para un proyecto.
La ley de la urgencia del consumo también llegó a los próceres. Ahora hay premios para gente que hace cosas.
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El texto llega hasta acá, son dos páginas de una libreta que no abría desde hace un par de años. Sin fecha ni nada, es del 2008, no tengo más datos, ni continuación.
Por un momento pensé en seguirlo, pero parece que andaba bastante entusiasmada cuando lo escribí, y volver a ponerme en esa sintonía me queda muy lejos, cosa que no impide que adentro, en la cabeza, el tema de los premios y lo que se premia (las libertades que se consiguen y son premiadas) no deje de darme algunas vueltitas.
¿Ustedes qué piensan? ¿Algo para aportar a todo esto?
me darás mil parientes
Salió de la cocina diciendo “acá viene el cacique Yanquetruz con su lanza matarratas!!”. La lanza matarratas era un palo más o menos largo, con una maderita violeta de esas de cajón de manzanas atada en la punta que tenía escrito “yanquetruz”; no entendíamos mucho cómo un objeto así podía matar una rata, pero el abuelo era el abuelo y había que hacerle caso.
Resulta que ese verano en Miramar, mi hermano, que tendría en ese momento unos 3 o 4 años, había descubierto en el jardín del fondo de la casa, una rata entre los rosales. Y mi abuelo Tito se erigió en improvisado cacique, convocándonos a la matanza de roedores y haciendo que nos quedáramos quietos un rato vigilando el jardín, con el “matarratas” en la mano. La tenía clarísima: nieto ocupado, nieto que no embroma.
Ese mismo verano fue que de ese mismo jardín juntamos caracoles y caracoles y caracoles y llenamos un par de frascos que dejamos en la cocina destapados, para regocijo de mi mamá, mi tía Tere y mi abuela, que entraron a pisar moluscos a lo pavote a la mañana siguiente, a reírse y a retarnos, porque había bichos caminando por el techo, las hornallas, el piso y los marcos de las puertas. El mismo verano en el que Josefina, la amiga de mi tía Tere, se tragó una polilla sin querer (la luz de noche juntaba unos bichos terribles), el verano de la caída de mi primer diente, de los chicles canguro en el kiosco (los “chicles pelota”), las florcitas en ramillete.
El primer y único verano que mi abuelo me llevó a ver el mar un día nublado y picado, donde nos terminamos empapando hasta los calzones porque en el trayecto del murallón a la casa se largó una lluvia tremenda. Y él se reía mucho, y a mí me llamaba la atención verlo reírse tanto.
Mi abuelo era dentista. El Doctor. Había sido durante años el odontólogo de todas las monjas y alguna profesora -todas del barrio- del colegio al que fuimos tanto mis tías como yo; algunas monjas como algunas docentes siempre me consideraron o una mera reproducción pintoresca, o una extensión de mis tías. Aunque yo era siempre “la nieta del doctor”, y eso era lo que menos me molestaba de mi carácter de “descendiente”, y me llenaba de orgullo.
Durante muchos años fue sentir la puerta y verlo asomar a la cocina, envuelto en su sobretodo negro y debajo de ese sombrerote que usaba para salir a la calle cuando todavía podía hacerlo por sus propios medios, y no en una silla de ruedas.
Nuestro abuelo usó toda la vida sombrero y eso en los ochenta era rarísimo, aunque ya todo el barrio estaba acostumbrado a ver al Doctor con la cabeza cubierta. En las fotos familiares, su propio papá (“Papapa” para los nietos y bisnietos) usaba casi el mismo sombrero. Suponíamos que era una tradición más transmitida de generación en generación, aunque una vez le preguntamos por qué lo usaba. La respuesta fue simple: “porque me gusta”. Hace poco mi abuela abrió el placard, me mostró el sombrerote y me dijo: – Esto no te lo doy porque ya lo reclamó tu tío mayor, que si no…
Igual, en los últimos tiempos ya mi abuela nos había ido repartiendo algunas cosas de él. Hace unos meses me dio la cartuchera que le habíamos regalado para un día del padre, con unos cuántos lápices, biromes adentro. El nonno era fanático de los crucigramas y las claringrillas y desde que había dejado el consultorio, se pasaba largas tardes en el comedor con las revistas, entre siesta y siesta y crucigrama y crucigrama.
La casa de mis abuelos queda en la calle Juncal. No se le dice “la casa de”, sino lisa y llanamente “Juncal”, como si fuera el nombre de la sede central de una polis que tuviera en los domicilios de los integrantes de la familia sus respectivas sucursales. Todos los domingos de nuestra infancia transcurrieron en Juncal, entre ravioles y malfattis, flanes con crema y pollos a la cacerola. También gran parte de los festejos de casamientos (el mío inclusive), cumpleaños, aniversarios, bautismos y navidades. A la tarde, después de su siesta, el nonno se levantaba e iba a la cocina a “hacer rollitos”: mientras miraba algo en la tele, preparaba los rollitos de algodón para el consultorio (esos que te ponen en la boca cuando te están haciendo un tratamiento); por lo general, nos dejaba ayudarlo y si andaba de malas con mi abuela, directamente “se iba al consultorio” para ordenar, limpiar, y estar un poco tranquilo: lo veíamos salir con el sombrero ya puesto, rodeado de un silencio misterioso.
Era él el que lavaba los platos. Padre de seis hijos (siete, si contamos a la que nació sin vida), todo un respetable señor, era habitual verlo terminar de levantar él la mesa después de cada festividad o comida, atarse el delantal y agarrar la esponja. Con mi hermano renegábamos porque nos llamaba para secar los platos, estábamos pipones de tanta comida, y no nos dejaba descansar, pero era su manera, y no decíamos nada.
Y cantaba, el abuelo. Arias de ópera en italiano. Era habitual escuchar salir del baño (en el que para rabieta de mi abuela se pasaba horas y horas a veces) pedacitos de obras de Rossini o de Verdi, entonadas con energía por él. Le gustaba mucho Verdi. Una vez le pregunté qué estaba cantando y me dijo a qué obra pertenecía, y qué quería decir en castellano. Le contesté que igual era raro, porque yo le entendía lo que cantaba, pero no sabía por qué, si yo italiano no sabía. Ahí fue cuando me dijo que a los descendientes de italianos no nos cuesta entender porque lo llevamos en la sangre, y hay cosas que no se aprenden. Hoy, leyendo muchos sitios en italiano como vengo haciendo, doy fe de que tenía totalmente razón. Entiendo, pero no puedo ni hablar ni escribirlo.
En el consultorio a veces mientras te atendía se ponía a cantar bajito, yendo de la mesa de instrumentos al sillón, del armario a la radio para ponerla más fuerte (eterna radio de noticias puesta siempre en el informativo), y además te comentaba las noticias como para que le contestaras algo, cosa por demás imposible por hallarse tu boca comprometida, por ejemplo digamos, en el medio de un tratamiento de conducto.
Poseedor de una habilidad inigualable, jamás hacía doler. Tenía colgado en un rincón del consultorio un diploma de “hipnosis médica” y juro que era cierto que algo les (nos) hacía a los pacientes porque nunca un dolorcito, jamás llgabas a ver la jeringa de la anestesia que ya la tenías puesta, siempre distrayéndonos para que no pensemos en el dolor, con paciencia, haciendo chistes a los que no podíamos contestar por tener la boca abierta. Luchador incansable de la reconstrucción dental, si tenía que rehacer una muela desde casi la pulpa, lo hacía con tal de no tener que privar al paciente de una pieza dentaria. La única muela que me tuvo que sacar por tener la raíz partida y no ser “arreglable” fue un sutil dolor para los dos, aunque en distintos lugares.
Era ir al consultorio y pedirle “la caja”. Nos guardaba a mi hermano y a mí una caja con innumerables chucherías para que jugáramos mientras atendía a mamá, o para que nos entretuviéramos si mi abuela nos llevaba de visita al consultorio. Cajitas transparentes, fresas usadas, palitos para revolver las mezclas, y el sonido que hacía todo eso cuando lo dejábamos caer sobre el mosaico de la sala de espera: clishhhhhhhhhhhhh!!… como si se rompieran vidrios o algo así. (Más adelante cuando una de mis tías se recibió de odontóloga, aprovechó mi amor a los palitos de revolver, los polvos para preparar “la pastita” y mi afición a las cosas con nombre raro para que la ayudara en la preparación de los compuestos para los tratamientos de los pacientes.)
Y nos sentábamos en el sillón del consultorio y jugábamos con los pedales hidráulicos, prendíamos la bomba de absorción para que el “patito tomara agua” (je!), hacíamos bochinche con el aire comprimido y le ordenábamos las revistas.
En 1984 vino la operación de riñón y el nefrólogo decidió que con uno sano era mejor que con uno sano y otro con posible metástasis. Así anduvo, 22 años con un solo riñón. Fueron épocas de aprendernos los carteles raros del Hospital Alemán, salir a caminar un poquito con él y tratar de que dejara (inútilmente) el consultorio, cosa que hizo recién a los 82 años, o quizás más. Atendió todo lo que pudo y lo dejamos hacer, porque sabíamos que él sin el consultorio, no iba a ser el mismo.
Cuando me estaba por casar, un día me llamó mi abuela y me dijo que tenía algo para darme de parte de ella y del abuelo Tito. Fui a la casa, y sacó de un sobrecito algo que tendría el tamaño de una pila de reloj grande, y me dijo: – Tu abuelo quiere que tengas esto. Puede que sirva para hacer los anillos, o si no, por ahí alcanza por lo menos para uno y medio.
La miré sorprendida y añadió: – Él viene haciendo arreglos en pasta y ya el oro para tapar agujeritos en las muelas no se usa. Algunos pacientes le dejan el oro de los arreglos viejos, si es que se trata de cambiar el oro por una pasta más resistente, a modo de pago. Y bueno, eso que tenés en la mano vendrán siendo algo así como las muelas de varios de los pacientes de tu abuelito.
Y con ese oro se hicieron nuestras alianzas de matrimonio nomás: salieron justitas las dos, y sobró un poquitito, con lo que, para seguir la tradición del pago, le abonamos al de la joyería por el trabajo realizado.
Tito. En realidad se llamaba Roberto Italo. Su mamá Angela y su papá Nazareno se conocieron en el barco que los trajo de Ancona a Buenos Aires. Angela hablaba un “dialetto” y tenía la pinta de la típica abuelita de los cuentos. A Papapa no llegué a conocerlo, murió antes de que yo naciera.
Tito se casó con Estela en el año 1944; la hermana mayor de Estela era la profesora de piano de la hermana mayor de Tito, y de tanto ir a buscar a la hermana a piano, en fin, el doctor y la secretaria -ah sí, mi abuela hizo el secretariado- se enamoraron y se casaron. Tuvieron seis hijos, y una lista gigante de nietos, la cual encabezo nomás por una cuestión de antigüedad.
Una mañana de 1997 le hicieron el cuento del tío y sin querer, les abrió la puerta a un par de hijos de puta que lo ataron a él y a mi abuela, les robaron y encerraron, y a él por querer defenderla a ella lo zamarrearon del cuello produciéndole hematomas. Si no era por uno de mis tíos que “sintió algo raro” y subió y los encontró atados, hasta la noche hubieran seguido encerrados.
Desde ese momento no volvió a ser el mismo. Y las deficiencias respiratorias se fueron agravando. Vinieron épocas de internaciones, ya no estaba el consultorio para atender, las corridas y los llamados de teléfono, pero el nonno resistía y resistía, del sanatorio a la casa cada vez en un estado más ausente, el corazón aguantando pero los pulmones sin aire.
A lo largo de su vida, las preguntas a la hora de almorzar siempre fueron “¿cuántos somos?” o “¿cuántos platos pongo?” o “¿quién más viene?”. En los últimos tiempos sus preguntas cuando lo íbamos a visitar eran “¿ya te vas?” o “¿quién vino?” o “¿están todos?”.
Así fue que ayer a la mañana, ya sabiendo que esta última internación era la definitiva, mandaron llamar a mi tía a Santiago del Estero (ella vive allá con el marido y los tres chicos); llegaron al mediodía, y el último parte médico lo escucharon los seis hermanos y mi abuela, una sombrita petisa parada entre todos mis tíos y casi sostenida por mi mamá, en el hall de la sala de terapia intensiva.
Estaban todos.
Una vez que entraron todos a verlo, y de que con mamá le dijimos que “ya están todos, podés partir tranquilo”, finalmente se fue hoy, hace un ratito, seguro a encontrarse con Verdi en cielos de muchos idiomas, en cielos que no tienen patria.
Update del 2010: en una muestra de fotos en el Centro Cultural San Martín sobre medicina, encontré esta de acá abajo. Se trata de un juego de consultorio exactamente igual al que tenía mi abuelo. La foto está tomada por un fotógrafo no identificado, data de alrededor de 1950, y pertenece a la colección de Abel Alexander.
Obviamente, la sombra que se refleja en el vidrio es la mía.

